Océano mar.

oceano marRESEÑA (no contiene spoilers):

Como American Psycho se me está haciendo interminable, decidí que me merecía un regalo y me decanté por este libro de Alessandro Baricco. Escritor de 900, escogí Océano Mar porque del primero ya había visto la película.
El caso es que de Océano Mar he creído conveniente contar. El argumento gira en torno a 7 historias, cada cual a su ritmo: una chica que no quiere morir, un pintor frustrado, un científico un poco masoca, una mujer infiel, un marinero que misteriosamente ha sobrevivido a todas las miserias del océano… todos ellos se cruzarán, en algún punto cerca del Mar, para salvarse.

En mi opinión, la historia más interesante, la de Adams. Por lo redonda. Es la más misteriosa, la que parece más inconexa y la que termina sorprendiendo más. Aunque reconozco que con Plasson y Bartleboom me he reído y emocionado más y mejor.
Sin embargo, he de decir que no recomiendo el libro por el argumento. No es malo para nada, pero no es Asimov, para que nos entendamos. Lo recomiendo por la forma, porque el estilo tan bonito en el que está escrito.
El es típico libro, no muy largo, perfecto para intercalar cuando estas saturado de fantasía/ficción/histórica. Está hecho para leerlo y degustarlo, poco a poco, sin desenfreno. Conviene pararse y mirarlo desde lejos a veces. El autor dibuja de una manera sorprendentemente precisa ideas bastante abstractas. Es aire fresco o… brisa marinera. Sí, eso.

Aún así, lo que más me ha gustado del libro es que el mar está por todas partes. No el que conocen las mayorías, turquesa, las estivales aguas plácidas y cristalinas, no. El mar fuerte, azul y gris, embravecido. El mar de invierno o bajo la lluvia. El que te deja sordo a estruendos. El que sólo conocen los que viven a sus orillas, o los que se han adentrado en él o los que le han sobrevivido. El océano. Es por eso que lo recomiendo.

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Déjate.

Déjate venir a verme,

a tocarnos las alas

y apretujarnos en algún banco

de esta ciudad que respira

sólo porque tú amaneces

todos los días.

Déjate cometerme errores.

Ser mi causa perdida

o la causa que me pierda

en este mundo

que apesta porque

todos estamos podridos por dentro.

 

Déjate todo lo que se te ocurra.

 

Déjame hacerte todas las cosas

y por todas las cosas,

tú ya me entiendes.

bambú

 

Jamás dejaré de escribir

porque no nos leo

en ninguna otra parte.

 

Y a nosotros nos gusta repasarnos

las cicatrices letra por letra.

Emocionarnos con algún verso suicida,

triste, que hable sobre vivir a contrarreloj.

Sentirnos inequívocamente identificados con

Mil maneras de decir te quiero sin decir nada.

 

Nos gusta leernos vorazmente,

página tras página, hasta que amanece.

Hasta que nos quedamos dormidos

agotados, sin darnos cuenta,

en mitad de algún poema errante

entre lo real y lo imaginario.

 

Por eso, seguiré escribiendo(te)

y nunca dejaré de hacerlo

-ni siquiera cuando te hayas ido-

Porque si de nosotros

no hay escrita poesía,

sin ningún esfuerzo,

yo me la invento.

 

Mónica Pelayo.

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No sé si me vuelvo a ir porque quiero o porque es lo que debo hacer. O si me voy porque quiero ser más yo o quiero ser otra persona completamente distinta.

La cuestión es que, voy a echar de menos lo que se queda aquí y este pedazo de mundo que considero mío. Porque es mi casa.

Mónica Pelayo,

Maldito insolente.

No te engañes: lo mejor de ti, soy yo.

pajarillo

Lo único que te hace diferente

de todos esos que no le importan a nadie, soy yo.

 

Nadie escribirá sobre ti cuando yo me vaya, ¿entiendes?

Y ahora,

 

-si quieres-

vuelve a preguntarme

 

quién

necesita

a quién.

Mónica Pelayo.

Sundayfunday.

Algún imbécil, que no sabe que los domingos se respetan, me da las buenas noches. Me pregunto qué parte de la palabra “domingo” no entiende.

Aunque sé que no tienes nada que hacer, yo tampoco te llamo. Fue un acuerdo tácito desde el inicio de lo tiempos: los domingos no los vamos a compartir. Por no dárnoslo todo o para que no se nos olvide que alguna vez fuimos egoístas y nos quedamos solos. Para que el lunes tenga sentido o para darnos espacio para pensarnos.

Los dos sabemos que es una idiotez, pero tú tampoco me llamas.

Mónica Pelayo.

Austria.
Puede que el mayor acto de rebeldía hoy en día sea ser uno mismo.

Coma.

Cuando escribo, no pongo las comas obligatoriamente donde indica la regla. A veces, dejo que fluyan y se escriban solas. Y entonces pongo una coma donde suspiro o donde me paro a recordar o donde no sé como seguir. Donde me pregunto “qué coño hago aquí”.

Sustituye a un beso o un “buenos días a mi persona favorita” o un “prometo que nos volveremos a ver pronto”. Porque esas tonterías no quiero escribirlas.

 

Son cosas

tuyas y mías, 

no de lápices

entrometidos.

Mónica Pelayo.

 Reseña: Los renglones torcidos de Dios.